El otro día, la periodista Lucía Quiroga me hizo algunas preguntas para un artículo que estaba escribiendo sobre lo que significa “portarse bien”, las normas y los límites que imponemos a los niños. Además, menciona un libro que habla de todo esto La aterradora historia de la ogresa que sólo se comía a los niños obedientes (confieso que no lo conocía, pero me han dado ganas de leerlo).
Cuando salen estos temas de conversación y sobre todo cuando me preguntan, no puedo evitar reflexionar sobre ciertas cuestiones:
Primero, sobre el modelo de crianza que hemos recibido cada una. Es verdad que, para otras generaciones, lo habitual era que el adulto tenía todo el poder y la relación era “vertical” como se suele decir. El adulto se imponía al niño, vaya. En mi caso, tampoco me identifico totalmente con esto, porque sí me he sentido muy escuchada en mi casa, tenida en cuenta desde muy pequeña y respetada en elecciones de mi día a día, tanto banales como importantes. Sin embargo, sí que tengo que reconocer que la sociedad en la que me he criado, en general, sí ha seguido este modelo más tradicional o impositivo, por llamarlo de una forma coloquial. Todo esto, tanto lo familiar, como lo comunitario, dentro del contexto social en el que vivimos, afecta en cómo las personas generamos nuestras creencias y nuestro propio modelo educativo con nuestros hijos o con los niños con los que trabajamos en el caso de las profesionales.
Segundo, la información y formación que elegimos recibir como padres o profesionales. Me refiero a lo que cada persona busca de manera deliberada: los referentes, los libros, las charlas, la educación formal o no formal…todo lo que se nos ocurra, para tratar de formarnos de la mejor manera y poder educar nosotros de la manera que nos hubiera gustado recibir. Creo que por muy mal que lo hayan hecho con nosotros, siempre tenemos la capacidad para mejorar si lo intentamos, si buscamos otras guías y ejemplos de lo que queremos conseguir.
Por último, siempre me acuerdo de mi querida maestra, Marisa Moya, referente de la Disciplina Positiva en España (y puede que internacionalmente, eso lo desconozco). Ella utiliza una expresión muy potente, algo parecido a: “Los adultos tenemos que sacar la retroexcavadora y hacer un gran trabajo personal. Si queremos ver un cambio en los niños, tenemos que cambiar nosotros primero”. Y es una verdad como un templo. No podemos esperar que los niños sean perfectos, cuando nosotros tenemos aún mucho por resolver. Lo más poderoso en la educación, es el ejemplo que damos.
Personalmente, me queda mucho por aprender, en la teoría, pero sobre todo en la práctica. Pero no hay otra manera que haciendo, intentando, probando nuevas maneras de comunicarme, de escuchar, de mirar al niño o a la niña…Y aquí todas las madres y padres me darán la razón: el mejor maestro, son nuestros propios hijos.
Para terminar, os dejo aquí las preguntas que me hizo Lucía y mis respuestas y el enlace al artículo completo, con la opinión de otras expertas en la materia.
¿Qué es portarse bien, cuando nos referimos a un niño a una niña?
En realidad portarse bien es algo muy relativo. Gritar y saltar en una fiesta de cumpleaños puede ser un comportamiento aceptado y adaptativo, mientras que eso mismo en medio de una clase o una conversación tranquila no es lo más adecuado. En los últimos años se ha descubierto que el cerebro de los niños tarda años en desarrollar habilidades de autocontrol (a veces los adultos tampoco las hemos desarrollado del todo). ¿Cómo vamos a pedir a los niños que controlen sus impulsos y se atengan a unas normas sociales, cuando no están preparados todavía? Por ejemplo, los niños de 3- 4 años, pueden estar todo el día trepando por la casa si les das oportunidad. A veces, los niños simplemente se están comportando de la manera que tienen que hacerlo a su edad, están en un proceso de aprendizaje. Es nuestra tarea cómo adultos educarles y guiarles para que puedan entender que a veces hay cosas que no podemos hacer, porque nos ponen en peligro, (como en este caso) o porque hieren los sentimientos de los demás, etc.
¿Son capaces los niños de entender lo que esperamos de ellos cuando les decimos “pórtate bien”?
A veces ni siquiera los adultos nos ponemos de acuerdo en lo que significa portarse bien. Cuando queremos educar a un niño, tenemos que ser muy claros en lo que esperamos de él o ella. Hay que ser explícitos y mucho mejor: dar ejemplo. Puedo decirle a mi hija que coma despacio y mastique bien, porque se va a atragantar, pero si yo estoy “engullendo” y hablando con la boca llena, el mensaje que va a llegar es este.
Por otro lado, saliendo un poco de la pregunta, con los móviles nos está pasando esto, el ejemplo que damos es que el móvil está siempre presente. Eso, más la adicción que genera, supone luego unos problemas de conducta terribles. Cuando se acaba el tiempo de ver un video, y el niño hace una rabieta, por mucho que se lo hayamos anticipado y lo hayamos pactado con él; no se está portando mál, simplemente, no puede manejar la sensacion de que le quitemos ese estimulo que le tiene enganchado.
Transgredir de vez en cuando las normas, no ser “obedientes”, ¿forma parte de la naturaleza del niño?
Como decíamos, el cerebro de los niños y las niñas tarda mucho en desarrollarse completamente. Aprender lo que se puede y lo que no, lleva mucho ensayo- error, es un proceso de aprendizaje largo. El famoso: “me está retando”. En realidad hacen las cosas una y otra vez porque es divertido, porque nosotros reaccionamos de maneras curiosas, ponemos caras, les hacemos mucho caso…Ellos simplemente están registrando qué pasa cuando hacen determinadas cosas (tocar el enchufe , meter las manos en el váter, o, en los más mayores, contestar de mala manera, mentir,…)
También tenemos que pensar qué tipo de adultos estamos criando. ¿Queremos que nuestros hijos hagan todo lo que les dicen los demás? ¿Que de mayores se sometan a un jefe, a una pareja, a sus amigos ? Si queremos adultos con criterio y que se cuestionen las cosas, debemos educarlos desde la infancia. Haciéndoles reflexionar, preguntándoles , teniendo en cuenta su opinión y haciéndoles partícipes en la toma de decisiones siempre que sea posible. Todo eso ayuda.
¿Cuáles son las normas y los límites que sí debemos de transmitir a la infancia?
Los límites y normas tienen la finalidad de proteger al niño, garantizar su seguridad. Pero muchas veces las utilizamos para tener el control como adultos. Como dice Álvaro Bilbao:hay que usar el sentido común. En cada familia puede haber unas normas, atendiendo a dos aspectos fundamentales: que los niños estén a salvo y que puedan relacionarse de manera asertiva, respetando a los demás y a sí mismo. Es importante que sean simples, fáciles de comprender y recordar y pocas, las realmente necesarias. Y, por supuesto, tendremos que repetirlas muchas veces y ayudarles a seguirlas, porque para nosotros son cuestiones obvias (Ej: Para cruzar , tenemos que ir de la mano), pero a ellos les llevará su tiempo integrarlas.
